Desde los años 60 del siglo pasado, lo cierto es que la Gran Vía había visto como se iba apagando poco a poco su luz como lugar de encuentro de lo más selecto de la sociedad. No solo Aleixandre abandonó aquel lugar: el café Sicilia Molinero o el atelier de Cristóbal Balenciaga también abrieron sus sedes en el primer tramo de esa calle, aquel que va desde su cruce con la calle Alcalá hasta la altura de la calle Montera, donde se situaba la joyería, y acabaron cerrando. Aquellos locales acabaron siendo ocupados por marcas de corte más comercial que nada tenían que ver con la idea inicial que tuvieron los promotores de esta calle.
El nuevo ‘place to be’ del lujo y el glamour
De aquellos tiempos solo quedan algunos testimonios: Grassy sigue erigiéndose como ejemplo de que cualquier pasado fue mejor, lo mismo que Loewe, que abrió allí, al terminar la Guera Civil, una de sus tiendas más emblemáticas por la que pasaron Ernst Hemingway o Ava Gardner, asiduos también al Museo Chicote, la coctelería más emblemática de la Gran Vía (y de Madrid).
Fue este ambiente selecto que albergó en sus inicios este primer tramo el que motivó también que clubes privados como la Gran Peña y el Casino Militar abrirán allí sus sedes.
Ahora, más de cien años después de que Alfonso XIII iniciara con una piqueta de oro la construcción de la Gran Vía, una calle pensada para mejorar las conexiones de la ciudad, pero también para ser el mejor escaparate ante el mundo de la modernidad española, parece que esta ubicación vuelve a sus inicios como referente del lujo mundial.